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Victor Marie Hugo (1802-1885). Notre Dame de París.
El Harvard Classics Shelf of Fiction. 1917.
Libro IX
V. La clave de la Porte Rouge
M ientras tanto charla pública había informado el archidiácono con la forma milagrosa en que la gitana se había salvado. Él no sabía lo que eran sus sentimientos cuando se enteró de esto. Se había resignado a la idea de la muerte de Esmeralda, y así se había recuperado un poco de paz de la mente-que había tocado las profundidades de posible afección. El corazón humano (y dom Claude había meditado sobre estas cuestiones) no puede tener más de una determinada cantidad de desesperación. Cuando se empapa la esponja, un océano puede pasar por alto sin la absorción de una gota más. 1
Ahora Esmeralda muerto, la esponja estaba lleno, la última palabra había sido dicha por Dom Claude en esta tierra. Pero para conocer su vida, y Febo también era tomar posesión de su martirio, sus dolores, sus esquemas y alternativas, en una palabra, toda su vida de nuevo. Y Claude estaba cansado de todo esto. 2
Cuando se enteró de la noticia, se encerró en su celda en el claustro. No apareció en las conferencias del capítulo, ni en ninguno de los servicios de la iglesia, y cerró la puerta a todos, incluso el obispo. Se mantenía así encerrada por varias semanas. Fue juzgado como enfermo, como de hecho lo era. 3
¿Qué estaba haciendo mientras se callara así? Con los pensamientos era el desdichado contendientes. ¿Estaba haciendo una última batalla contra su fatal pasión que combina un plan final de la muerte para ella y de la perdición de sí mismo? 4
Su Jehan, su querido hermano, su querida estropeado, vino una vez a su puerta y llamó, juró, imploró, le dijo a su nombre una docena de veces. La puerta permaneció cerrada. 5
Pasó días enteros con su cara presionada contra su ventana, para desde allí podía ver la celda de Esmeralda, y muchas veces la propia niña con su cabra, a veces con Quasimodo. Señaló asiduidad del jorobado sordo, su obediencia, su delicado y formas sumisas con el gitano. Recordó, porque tenía buena memoria, y la memoria es el azote de la envidia-el aspecto peculiar del campanero había fijado en la chica bailando en una determinada noche, y se preguntó qué motivo podría haber instado Quasimodo para salvarla. Él fue testigo de un millar de pequeñas escenas entre el gitano y el jorobado, la pantomima de que, visto a esa distancia y comentado por su pasión, parecía muy sensible a él. Desconfiaba de la fantasía caprichosa de la mujer. Y en la actualidad era vagamente consciente de entretenimiento a los celos como nunca podría haber previsto-a los celos que le enrojecen de vergüenza e indignación hizo. 6
"El capitán", pensó, "bueno, eso puede pasar, pero esto solo!"La idea de lo abrumó. 7
Sus noches eran terribles. Dado que nunca se enteró de que la gitana estaba viva, las imágenes frías de espectros y la tumba que lo había poseído durante un día entero, se desvaneció, y la carne volvieron a atormentarlo. Se retorció sobre su cama conocer a la chica tan cerca de él. 8
Cada noche su imaginación delirante llamado Esmeralda delante de él en todas las actitudes más calculados para inflamar su sangre. La vio desmayada sobre el oficial apuñalado, su justa pecho descubierto enrojecido con la del joven de sangre en ese momento de alegría conmovedora cuando el archidiácono había impreso en sus pálidos labios que beso de los cuales, medio muerto como ella, la niña infeliz había sentido la presión de combustión. Una vez más se vio la desnudó por las manos rudas de los torturadores, los vio ponen al desnudo y metió en el maletero horrible con sus tornillos de hierro su pequeño pie, su pierna redonda y delicada, su rodilla blanca y suave. Él vio que la rodilla de marfil solo queda visible fuera horrible aparato de Torterue. Por último, se imaginó a sí mismo a la chica en su turno, la cuerda alrededor de su cuello, sus hombros y sus pies descalzos, casi desnudos, tal como la había visto la última día y él apretó sus manos en la rodilla, y un largo escalofrío recorrió él. 9
En fin, una noche de estas imágenes tan cruelmente inflamado de su sangre que le arrancó la almohada con los dientes, saltó de la cama, se puso la sobrepelliz sobre su vestido de noche, y salió de su celda, lámpara en mano, ojerosa, medio célibe desnudo, el fuego de la locura en sus ojos. 10
Sabía dónde encontrar la llave de la Porte Rouge, la comunicación entre el claustro y la iglesia, y, como sabemos, que siempre llevaba consigo la llave de la escalera caja tipo torre. 11
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