Criticas e Interpretaciones. III. Por GL Strachey. Hugo, Victor Marie. 1917. Notre Dame de París. Vol.. XII. Harvard Classics estante de la ficción

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Victor Marie Hugo (1802-1885). Notre Dame de París.

El Harvard Classics Shelf of Fiction. 1917.



Críticas e Interpretaciones

III. Por GL Strachey



F O lo largo de su obra ese maravilloso escritor expresa en sus formas extremas las cualidades y los defectos de su escuela. Por encima de todo, él era el señor supremo de las palabras. En gran instalación, en gran abundancia del lenguaje, solo Shakespeare de todos los escritores del mundo puede ser contada a su superior. La mayor parte de su trabajo es muy grande, y la naturaleza de la misma es muy variada, pero todas las páginas lleva la marca de la misma fecundidad inagotable, el mismo dominio absoluto sobre los recursos del lenguaje. Las palabras fluían de Victor Hugo como la luz del sol. Tampoco era su volubilidad una mera masa desordenada de palabrería, sino que se controla, adornado, e inspirado por un poder técnico inmensa. Cuando uno ha estado bajo el hechizo de la gran mago, uno empieza a creer que su arte no tiene límites, que, con ese instrumento, y esa ciencia no hay milagro que no puede llevar a cabo. Se puede evocar las visiones más extrañas de la fantasía, que puede evocar el glamour y el misterio del pasado, sino que puede cantar con exquisita ligereza de las bellezas de la Naturaleza fugitivos, él pueda derramar, en la ternura o la pasión, las melodías de amor sino que puede llenar sus líneas con el fuego, el estrés, la furia que culminó, de denuncia profética, él puede pronunciar los cuestionamientos tristes y secretos del espíritu humano, y dar voz a la solemnidad del Destino. En el largo rollo y gran oleaje de sus versos hay algo del mar una profundidad de movimiento de energía. Su música sonora, con su certeza absoluta de propósito, y su arte del contrapunto, recuerda la visión de "Paradise Lost" de aquel que, "con volant touch

Huyó y perseguidos transversal la fuga resonante."

¿Qué clase de mente, ¿qué clase de espíritu que debe haber sido, uno se pregunta con asombro, lo que podría animar con una maravillosa perfección como el enorme órgano de esa voz? 1

Pero tal vez sería mejor dejar la pregunta sin respuesta, o al menos sin respuesta. Para las búsquedas más uno, más claro resulta que el ámbito intelectual y la calidad espiritual de Victor Hugo estaban muy lejos de ser igual a sus dotes de expresión y la imaginación. Él tenía los poderes de un gran genio y el alma de un hombre ordinario. Pero eso no era todo. Ha habido escritores de la más alta excelencia-Saint-Simon era uno de ellos-el valor de cuyas producciones han sido afectados, o incluso aún mayor, por su inferioridad personal. No podría haber escrito mejor, se siente, si hubieran sido diez veces más nobles y veinte veces tan sabio como lo que realmente eran. Pero por desgracia esto no es así con Victor Hugo. Sus defectos-su debilidad intelectual, su visión común, su falta de humor, su vanidad, su defectuoso gusto-no pueden ser descartados como irrelevantes y sin importancia, porque están indisolublemente ligados a la propia esencia de su obra. No era como un mero técnico que quería ser juzgada, escribió con una intención muy diferente, era como un filósofo, como moralista, como un profeta, como un pensador sublime, como historiador profundo, como un sensible y ser humano refinado. Con un poeta de tales pretensiones es claramente más relevantes para preguntar si su poesía no, de hecho, revelan las grandes cualidades que reclama, o si, por el contrario, se caracteriza por una inflación de viento de un sentimiento, una vistosa superficialidad del pensamiento, y un egoísmo ridículo y mezquino. Estas son las preguntas infelices que acosan al lector maduro y reflexivo de la obra de Victor Hugo. Para el joven y entusiasta, el caso es diferente. Para él, es fácil olvidar-o incluso no observar-lo que puede haber en esa imponente figura que no es satisfactoria y de segunda categoría. Puede que deleitan a voluntad en las armonías voluminosas de esa voz resonante, por turnos emocionantes de indignación, soñando en éxtasis, sumergirse en los abismos, y elevándose a alturas inimaginables. Entre la juventud y la edad que ha de juzgar? ¿Quién decidirá entre el éxtasis y la reflexión, el entusiasmo y el análisis? Para determinar el lugar exacto de Victor Hugo en la jerarquía de los poetas sería difícil. Pero una cosa es cierta: que a veces la espléndida expresión de hecho no crecen transfundida con una belleza pura y hacia adentro, cuando las fragilidades humanas desaparecen, y todo está sometido y glorificado por las altas finalidades de arte....-De "Puntos de referencia en la literatura francesa" (1912). 2

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